El fenómeno comenzó silencioso, en notas noticiosas y sin mucho escándalo: casas que por indeterminada razón eran tomadas. Poco a poco, el silencio se hizo secreto a voces y las casas tomadas eran demasiadas, casi tóxicas, para la economía norteamericana. El secreto se rompió, finalmente, cuando las notas se convirtieron en encabezados y cuestionamientos en primetime: ¿Qué está pasando con el mercado de bienes raíces? ¿Se ha inflado? Junto con las preguntas se comenzó a desplomar la bolsa y los miedos empezaron a sentirse en las contestaciones de los analistas y especialistas: nunca se había dado algo así desde septiembre 11 y esto por una tragedia terrorista. ¿Sería terrorismo otra vez? Pero, ¿cómo?
Mano a mano, las casas tomadas y la caída de la bolsa empezó a resonar en los oídos de la gente común. Ya no era cosa de noticiarios, era cosa de alarma. Ya no era cosa de bancos y de realtors, era que los trabajos empezaron a escasear y los despidos aumentaron como nunca. De nuevo, el miedo de los especialistas y economistas entró: nunca se había dado algo así desde la gran depresión. ¿Qué? Preguntó la generación Z y la última ciber-generación –si es que así le llaman-. ¿Qué es eso “gran depresión”? No se oye nada bien. ¿Cómo es posible? Es terrible, gritó la generación de Baby Boomers. Si ya yo me quiero retirar. Y con la falta de empleos y de circulación de efectivo las Navidades del 2008 se proyectaban como las más secas desde hacía mucho tiempo. La generación X y Y no encontraban trabajo a pesar de la necesidad de nuevas ideas. ¿Y nadie nos va a decir qué está pasando?
De repente, un día en noviembre o septiembre –ya hace tanto que no me acuerdo-, un grupo de banqueros y especialistas en la banca se reunió frente al Congreso a pedir dinero. Sus nombres no eran muy conocidos, pero por alguna razón reminiscentes en la memoria de algunos: una princesa en la torre llamada Fannie Mae, un grupo de hermanos ambiciosos, Lehman Bros, y un lugar de espanto, AIG, entre otros. Recuerdo a AIG. Tenía esos anuncios con el huevito que te garantizaba estabilidad y un retiro cómodo. Sin embargo, tal cual Humpty Dumpty, se cayó y todos los que se sentían protegidos por su caudal empezaron a perder su plan de retiro, sus ahorros y sus inversiones.
La debacle que se vislumbraba era tal que el Congreso decidió garantizarle lo que se llamó un “bailout”, pero que era más un shock eléctrico para salvar el corazón de la economía norteamericana. De informar, las noticias empezaron a buscar a los responsables. A unos pocos se les debía el desmantelamiento económico, pero a unos muchos –a todos, para ser más específicos- se les debía el desangrado de dinero. Tarjetas de créditos más allá del límite que no se podían pagar, préstamos hipotecarios enfermos con líneas chiquititas imposibles de curar, y garantías de equity que se pasaban del límite anticipado y no se podían recuperar.
Tanto cae una gota en el mismo sitio que hace un roto. A raíz de la búsqueda de responsables se supo que desde hacía mucho había advertencias y consejos para evitar la caída, para evitar la desarticulación del mundo tal y como lo conocíamos. Hoy, por primera vez, se da la evidencia de este apocalipsis. China y Rusia han puesto sobre la mesa lo que muchas veces la dolarización de América Latina cuestionó: la necesidad de una moneda corriente internacional que permita la facilitación de transacciones y beneficie a todos por igual. El dólar ha cumplido con esta función, pero garantizándole préstamos a un porciento de interés ínfimo a los Estados Unidos, algo que países poderosos como China y Rusia no aprecian mucho, aunque lo aceptan.
El problema está que con una deuda que pasa los trillones de dólares, un empuje económico que todavía está en veremos, la economía estadounidense no está en condiciones para proteger las inversiones en dólares de los múltiples países que usan su banca. Por esto el ciclo vicioso de si en China se cae una bolita de nieve acá llega a modo de avalancha. Una moneda internacional garantizaría protección, tal y como hace el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial.
La cosa es que si esto sucediera, en definitiva, llegaría el Apocalipsis. Nostradamus y el Calendario Azteca proyectan el 2012 como esta fecha de cambio rotundo. Quién sabe y lo que veían estos sabios era esta nueva caída imperial –como la romana, como la egipcia, como la alemana- y el centro del poder cambie a una total globalización y puertas abiertas al comercio libre. Porque esto es lo que una moneda internacional traería. El mundo, tal y cual es hoy, ya no será.
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