Un país feliz
Puerto Rico está, nuevamente, dentro de los diez países más felices del mundo. Realmente, es el #2, lo que nos haría sentir muy bien, especialmente después de un medio año lleno de catástrofes políticas, asesinatos y aumento en los problemas de salud mental. El honor, sin embargo, me hizo pensar: ¿por qué seguimos en esta lista? Las cosas, en general, no pueden ir peor, pero ahí estamos.
Mi marido boricua de pura cepa y yo, junto con una colombiana -Colombia es el #3-, reflexionamos sobre el asunto y llegamos a la siguiente conclusión: los puertorriqueños y los colombianos nos sabemos reír de nosotros mismos. Lo cogemos suave, la vida es un carnaval, como diría Celia Cruz, y le vemos el lado bueno a las cosas, o, al menos, el lado irónico y satírico. La cosa es ¿hasta qué punto?
Como todas las mañanas, ayer antes de irme a trabajar, puse las noticias de radio de Puerto Rico a través de la internet. Lo que escuché me dejó espantada, y el cogerlo easy del día anterior se me trabó en la garganta. En menos de un minuto Ferdinand Mercado hizo un resumen de desastres humanos del fin de semana del 4 de julio y Carmen Jovet reseñó una noticia de un joven asesinado en la playa y el cual no recibió ayuda de nadie. La gente le pasaba por el lado, por encima, y al preguntársele a una madre que disfrutaba de la playa con sus hijos por qué no había llamado a nadie contestó que ellos habían visto cosas peores en la televisión. Su día feliz continuó sin ninguna preocupación, pues allá el muchachito, se lo habrá buscado. La felicidad, o al menos, el simulacro de esta debía continuar. Las cosas están muy malas como para dejar que algo así como un nene muerto interrumpiera el momento de asueto. Es en este punto que me cuestiono ¿de qué depende la felicidad del puertorriqueño? De nuevo, ¿por qué somos el país #2 en la felicidad?
Los animales y los seres humanos nos hemos adaptado al medio ambiente a través de mecanismos de defensa físicos y mentales. Los perritos, por ejemplo, si estiran la correa con la que su amo lo lleva a caminar al punto de ahogarse, después de un tiempo, lo dejan de hacer. Los niños que quieren probar el fuego, si se queman, no lo tratan más -o al menos tienen más cuidado-. Si entramos a un lugar que parece ser peligroso, se nos activa el instinto, y salimos del lugar sin pensar. La felicidad del puertorriqueño es, de la misma forma, un mecanismo de defensa.
Al cogerlo suave, al hacer de la vida un carnaval, hemos entrado a la crueldad, a ignorar lo obvio y a perder el sentido común. No queremos complicar esta vida que ya nos han complicado, y más aun, que quieren seguir complicando. Nos enajenamos del mundo, nos creemos que los problemas de petróleo son una conspiración gubernamental y que el desempleo es consecuencia del discurso de soberanía del gobernador. El insularismo que criticó duramente Pedreira lo estamos repitiendo para aislarnos, finalmente, de todo aquello que no nos deja ser feliz. Un mecanismo de defensa, nada más.
Esquinados por una situación política que no parece mejorar, cegados por la politiquería y empobrecidos por una situación económica que sentimos profundamente a consecuencia de la corrupción, el puertorriqueño sigue siendo feliz. No me importa reírme de las pocas vergüenzas de los políticos, de la ironía de ciertas tragedias y el argumento satírico de la situación económica. Me importa sí que más que detenernos a oler las flores, a ver lo bueno, nos detengamos y no veamos más allá, quedemos en un modo estático sin ningún tipo de inercia que nos permita ir un poquito más adelante. Me importa que la felicidad se quede en el simulacro y no la vivamos correctamente; que el mecanismo de defensa pase a ser nuestra personalidad y sigamos tan cerca pero tan lejos.

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