¿Qué se va a ganar en Irak?

La guerra en Irak comenzó como consecuencia de un ataque que no tenía nada que ver con las fuerzas opresoras de este país. La tragedia del 9-11 fue provocada por Al-Qaeda y su líder Osama Bin Laden desde Afganistán y fuerzas limítrofes relacionadas al radicalismo islám y el Jihad. Fue la primera vez que Estados Unidos experimentó un ataque terrorista de tal magnitud desde los albores de la Segunda Guerra Mundial, cuando sucedió el ataque a Pearl Harbour. La pregunta que muchos se hicieron dos años después de dolor por la pérdida de las Torres Gemelas y toda su gente fue: ¿y por qué Irak? 

Aquéllos que recordaban rápidamente hicieron la relación con la Guerra del Golfo Pérsico y cómo el primer Bush, George Bush, padre, no logró eliminar a Saddam Hussein. La justificación en el 2003 fue distinta: había evidencia de armas nucleares que, aunque no eran para Al-Qaeda o la milicia talibán, eran un peligro para la paz y la primera encomienda de un país que se disponía a eliminar, al igual que el comunismo a principios y mediados del siglo XX, el terrorismo mundial. 

Lo que hubiese hecho sentido en aquel momento era que, en vez de enfocarse en el terrorismo en el Medio Oriente, una civilización distante geográficamente e ideológicamente, el gobierno norteamericano se hubiera enfocado en la región latinoamericana. Ejemplos: el terrorismo de los secuestros de FARC y el ELN en Colombia; las pandillas que tienen aterrorizados con violencia al azar las poblaciones de Honduras, Guatemala y Nicaragua; la posible existencia del terror de un grupo de asesinos en serie en Juárez, al otro lado de la verja imaginaria que tienen en México, donde cientos de mujeres han perdido sus vidas y nadie ha podido hacer nada; entre otras situaciones donde la inteligencia y los recursos policiales innovadores y múltiples de la CIA, FBI y otras agencias podrían ser utilizados. (Solamente hay que ver cómo, gracias a la ayuda norteamericana, 15 secuestrados fueron liberados por el Ejército Nacional Colombiano hace tres semanas.) 

Pero no. Desde la Oficina Ovalada - mejor sería decir cuadrada, en conjunto con sus mentes maquiavélicas- se enviaron órdenes y evidencia a la ONU, la legislatura y el Congreso que, junto al ánimo vengativo, consiguieron la confirmación e inicio de una guerra que parece no tener fin. Según el documental No end in sight, la planificación de invasión a Irak fue de menos de un año, y el proyecto de reconstrucción de menos de dos meses. La idea era entrar, sacar a Hussein, y ya. Cualquier político, estudioso, persona cualquiera, si compara la cautela con la que Estados Unidos entró a la Segunda Guerra Mundial, se preguntaría: pero, ¿qué plan fue ese? 

Obviamente, al cortar la cabeza de la hormiga, el cuerpo se volvió como loco y lo que se pensaba manso resultó ser escorpión. El veneno inyectado por la represión de Hussein se activó, y en vez de ser antídoto-libertad pasó a convertirse en más veneno-libertinaje y, sin ningún plan de reconstrucción o gobierno alterno, el pueblo iraquí quedó desprotegido. Miles de documentos históricos, cientos de obras de arte en museos y colecciones personales, documentos oficiales de educación y finanzas fueron destruidos junto con la burocracia necesaria para comenzar un elemental esfuerzo de renovación del país. El caos comenzó a reinar y oficiales desde Washington enviaban legislaciones que empeoraron la situación.

Así la situación, miles de militares norteamericanos y de los aliados comenzaron a ser enviados y reenviados. El dolor del 9-11 se intensificó y en la desesperación de ver a sus hijos, padres, madres, amigos y parientes morir por unas armas nucleares que nunca aparecieron Irak se convirtió en el nuevo Vietnam. 

Todo el gobierno en Estados Unidos, demócratas y republicanos, hablan de “ganar”. Pero, ¿qué se va a ganar en Irak? La guerra que se está enfrentando no tiene nada qué ver con la historia estadounidense. Es una guerra legendaria entre comunidades, las cuales ya no recuerdan cuál fue el origen de su pelea, pero que se ha profundizado en la violencia tanto ideológica y física como emocional. Es una situación que no tiene más fin que el que ellos quieran dar. 

La seguridad que no se tuvo al inicio de la invasión es lo que las tropas norteamericanas y el ejército están tratando de recuperar con dificultad. El desbande del antiguo ejército iraquí, amplísimo al ser obligatorio pertenecer a él si querías seguir con vida en la dictadura, fue más mal que bien, al abandonarlo en el desempleo y la desesperación. Muchos se aliaron a las nuevas guerrillas con el conocimiento de abastecimientos de armas y municiones; otros, ambiguamente, forman parte del sistema de seguridad dirigido por generales norteamericanos. 

Ahora, ¿y Afganistán? Las fuerzas talibanas están reagrupadas, atacando nuevamente, tanto a afganos como a norteamericanos. Al igual que en Somalia, Estados Unidos está metido hasta el cuello en algo de lo que no tienen control. ¿Qué se va a ganar en Irak? ¿Qué se va a ganar en Afganistán? Simplemente nada.

La guerra ya dejó de ser guerra. Se ha convertido en una especie de control de guerrillas en el que Estados Unidos es el enemigo común. Ni McCain ni Obama tienen la solución perfecta, porque no la hay. Hace falta tanto un aumento de tropas para establecer la poca seguridad que se ha conseguido, al igual que un itinerario de salida para pasar esta seguridad transitoria a manos de quienes entienden mejor su seguridad: los iraquíes y los afganos. 

Nadie en Washington, D.C se ha preguntado qué realmente es la guerra. Ambos países concernientes quieren la salida de los norteamericanos. El destino manifiesto es una filosofía envejecida, que no tiene nada que ver con la historia post-moderna, post-industrial, cibernética y global. Una cosa es querer ayudar y otra cosa ser un entrometido, como decimos los puertorriqueños. EEUU se lanzó sin medir consecuencias y aquí no hay nada qué ganar. La misión se cumplió. Hussein fue ahorcado y, aunque Bin Laden no ha sido capturado, está fuera del panorama afgano y para mantenerse así hay que salir, no sin dejar de ser vigilante, y permitir que los demás resuelvan sus problemas. No hay más qué hacer.

~ por Dania Abreu en Julio 24, 2008.

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