Dos espacios, una esperanza

El Presidente Obama visitaba uno de los tantos campos de concentración en la vieja Alemania que fue testigo del horror que fue el holocaust. Mientras tanto, mi hija de dos años me anunciaba las sirenas que aparecían en Go Diego y bailaba con los Backyardigans. Dos espacios tan distanciados, tanto demográficamente como emocionalmente. En mi hija veo la esperanza, las ganas de aprender mil cosas a la vez y de averiguar todo lo que pueda. En los ojos de uno de los sobrevivientes que acompañaba a Obama se veía los remanentes del dolor, a pesar que sus palabras hablaban de cambio.
En este mismo discurso, el sobreviviente señalaba cómo el mundo no ha cambiado tanto: Darfur, Palestina/Israel, Myanmar-, y su semblante se entristecía más. Me estremecía y me angustiaba ver cómo tras una experiencia tan trágica y profundamente traumática él todavía no había podido sentir una transformación. Los gritos de mi nena me anunciaban, sin embargo, que Pablo era un gigante y que saltaba y cantaba en las nubes.
Así, lo último que escuché del discurso de este sobreviviente fueron palabras de esperanzas: “Señor Presidente, usted tiene la capacidad de traer una nueva forma de ver este mundo junto con la colaboración de muchos de sus colegas”. La misma esperanza de los ojos de mi nena tras cicatrices del dolor, de una sonrisa lastimosa. El mismo brillo de algo mejor que puedo sentir cuando ella ríe, cuando me comparte lo más mínimo de sus primeros años en esta vida. Una nueva oportunidad de hacer las cosas como debe ser.
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~ por Dania Abreu en Junio 5, 2009.

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