Nada de política (aunque se puede aplicar)

tech-marriageEntré a la escuela graduada en el 2000, pero fuertemente en el 2001. En este año fue que decidí, básicamente, cambiar mi vida. Me mudé a la Florida, empecé en una universidad que no tenía la idea de que era Research I –lo que significaba que había que trabajar el doble de lo que trabajaba-, y me casé. En fin, fueron mil cosas a la vez de las que creo todas fueron buenas decisiones. El tiempo pasó, maldito y sin embargo, y las cosas no eran –obviamente- como me imaginé el día que dije a que sí a todo.
El primer día de orientación de la escuela graduada estaba interesantemente incluida una breve exposición sobre la familia y el matrimonio. Estaba intrigada, pues pensaba que lo que hablaría el presentador era sobre las cuestiones económicas, beneficios, o algo así. No. Eso no era. El primer comentario que hizo –y del cual me acuerdo todavía casi 8 años después – fue que de cada 5 parejas que entran casadas a la escuela graduada 4 se terminan divorciando. “Pero y a este qué le pasa?”, me pregunté; y me imaginé que de las personas que hablaba y de donde salían estas estadísticas era de gente que no había puesto el ciento por ciento. Que con una quejita y un sí o un no se habían largado.
Qué mal estaba.
Últimamente me he puesto a pensar y a reflexionar y creo que el día de mi boda el sacerdote, en vez de decir “hasta que la muerte los separe”, debió haber dicho “hasta que la disertación los separe”. Nunca me imaginé lo difícil que iba a ser estar casada con un hombre que yo escogí y comprometida con una carrera que había escogido antes que él. Entre dos amores y dos satisfacciones me asfixié y asfixié el poco espacio del apartamento. Tratando de ser políticamente correcta con un esposo que no entendía los bregues de la academia y una academia que a veces tampoco entendía los bregues de pareja, lo que me quedó en un momento fueron dos relaciones llenas de incorrecciones y metidas de pata que ni siquiera una trasnochada de estudio o un estímulo económico podía revitalizar.
En trozos, completé una tesis de maestría –de la cual recuerdo el producto, pero el proceso es una nube entre viajes a Puerto Rico, fotocopias y lectura de múltiples artículos- y empecé con pie derecho un doctorado. Recuperados, pasé con una barriga enorme los exámenes de qualifyings y –con muchísima conciencia- la escritura de una disertación. Junto a ella, la búsqueda de trabajo tocó la puerta en el momento menos adecuado: una economía desinflada y un nuevo reto personal. No dos si no ya tres, mi día empezaba a las 5am y terminaba entre 12am – 1am. ¿Cómo lo hacía? Tampoco lo recuerdo. Junto al ensimismamiento frente a la computadora y a los nuevos puestos que se abrían o a libros que tenía que tener, el esposo se desvanecía, de nuevo, en el no entendimiento.
¡Otra vez! NO. Esta vez la política aplicada fue más diplomática. La ofensiva se había terminado y era el momento de un cambio. Había que atacar los puntos, pero sin que se diera cuenta.
En esas estoy y no sé si el trabajo que estoy haciendo está bien. Lo que sí sé es que mi pasión por la disertación no ha pasado y las ganas de quedarme en mi casa tampoco. No voy a ser parte de la estadística –aunque suene corny- y tampoco voy a justificarme por ella. Entre las 5 hay una que sobrevive y sea como sea soy yo. Después de la tormenta puede ser que venga más, pero para eso es la disertación. Para cubrirme la cabeza y ser mi propia sombrilla.

~ por Dania Abreu en Junio 11, 2009.

Una respuesta to “Nada de política (aunque se puede aplicar)”

  1. Suerte, always :-)

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