Lo que escribo: El Bildungsroman puertorriqueño
La moda del bildungsroman, o historia de vida, está nuevamente de moda gracias a acercamientos innovadores de parte de la crítica femenina. La mirada retrospectiva de la mujer reconfigura la memoria, la historia, el espacio íntimo y su posición dentro del país, ya sea en los eventos que construyeron la nación, la familia y, sin lugar a dudas, el amor. Sobre todo, hay que señalar, que se subrayan las decisiones que determinan su nuevo frente.
Todos los días -o, al menos, casi todos- escucho la perspectiva femenina de la noticia más tradicional: Carmen Jovet. Después de Ferdinand Mercado a las nueve, una hora en que lucha con sus ideales políticos y la estupidez política, a las diez entra la Jovet con sus comentarios, entrevistas y su talento de escuchar las variadas opiniones de los radioyentes. A través de sus acercamientos, a veces más lejos de lo que yo estoy físicamente, me entero de los acontecimientos en la isla. El filtro de Notiuno es menor que el que encuentro en los periódicos, y el acento me hace sentir que cuando salga por la puerta lo que voy a tener es sol, salitre, tráfico y las casas de mi familia y amigos en San Juan, Isabela y Morovis. Gracias a ella, por lo tanto, me voy dando cuenta de la situación, como dice mi profesor, de la Isla del Espanto. Detalles de corrupción, admiración del ay bendito, el nuevo castigo del write-in, las inusuales primarias demócratas -ya finalizadas, than God- y la visita de unos y otros norteamericanos, europeos y latinoamericanos que intentan negociar con lo innegociable del in-between isleño. La posición de la Jovet siempre ha sido decir la verdad tal y como se la presentan, ya sea con una nota de dirección y lectura o dejándote pensar un poquito más. Desde que yo era chiquita ella estaba ahí. Carmen, sin embargo, ha cambiado. Ya no es tan arrogante, ya no cree tener las soluciones, y, aunque su opinión sea impasible, deja que todos hablen. La des-formación nacional, la disfunción familiar y los eventos trágico-estáticos del país la han cambiado, la han hecho encontrar su epifanía. Esto, a mí, me ha dado qué pensar.
Hace dieciséis años atrás, cuando estaba en la Iupi -Universidad de Puerto Rico en Río Piedras-, llena de ilusiones literarias, independentistas casi separatistas, poemas y canciones de protesta, conocí a mi esposo. Sonará a cliché novelero, a fantasías rosadas y a sometimiento femenino, pero él cambió mi perspectiva. Fue mi primera epifanía. Ingenuamente creía en que los fupistas -de la FUPI, Federación de Universitarios Pro-Independencia- estaban luchando por los ideales que se implantaron desde las revueltas de los setentas, que Roy Brown seguía cantando porque todavía se podía luchar por Puerto Rico y que el rock en español era la nueva manera de protestar. El gobernador de turno quería vender y privatizar a Fortunata -la gran vaca de la Telefónica de Puerto Rico. Todos los estudiantes que creían lo que yo estaban dispuestos a hacer huelgas, a infiltrarse en las oficinas burócratas y crear revoluces que dejarían ver a los administradores que eso de privatizar era una locura. Le compartía estos ideales a mi esposo -a medio porque realmente los creía y a medio porque quería impresionar- a lo que él me respondía sacudiendo, seriamente, la cabeza. ¿Cómo era posible que este estudiante de ingeniería se enfrentara a la humanista de pura cepa? ¿Qué sabía él de la independencia que mi papá tan cuidadosamente había sembrado en el corazón de su primogénita? Pues, qué iba a saber. Sabía y conocía el valor práctico del ideal, en que era más fácil luchar contra la sordera burócrata que con la realidad del día a día de copias a 10 chavos, que la Facultad de Humanidades se estaba cayendo en cantos y que Sociales parecía que iba a cerrar pronto con tanto asbesto que estaban sacando. Me mostró el otro lado de la moneda y de repente me quedé sin qué decir. La primera de muchas -no con él, pero con ese shock de que hay algo más por ver.
De la misma manera en que mi esposo me enseñó a mirar y trascender la jerga política, mi profesora de literatura hispanoamericana exprimió a la crítica literaria que había en mí. Me mostró como reconstruir el discurso, cómo leer la poesía e interpretar su inefabilidad, expandirme hacia el resto del Caribe, franco-hispano-anglófono, y apretar o aflojar los tornillos de la teoría. Gabriela Mistral y “Tú me quieres blanca” dejó de ser y La amortajada resucitó. El día de mi graduación estaba lista para partir, pero tuve que esperar, al igual que todos aquéllos ideales. Encontrar las cartas de recomendación, la orientación y los copywriters adecuados para mi solicitud de persistente maestría me mostró el lado oscuro de la academia en Puerto Rico y la desinformación en la que estamos muchos estudiantes. Ataqué a Latin American Studies cuando tenía que taclear a Romance Lanaguages, Modern Languages o Spanish Departments. Finalmente lo logré y me radiqué en Gainesville, Florida.
Ahora, desde Gainesville, Florida, en el umbral de mi reintegración social, me doy cuenta que mi historia no es tan diferente a la de Puerto Rico. Exactamente hace 10 años atrás la isla pudo haber luchado por su independencia, pero la quinta columna se cruzó y el pueblo se tropezó con el capricho de una desafortunada gobernadora – ¡pobre de nosotras!- y la insistencia colonial. La economía estaba más o menos bien, la clase media no se había fugado aún, y las posibilidades de crecer eran más tangibles que lo que era capturar a Filiberto Ojeda. Pero… no se dio. Tal y como dijo Betances: los puertorriqueños no quieren su independencia -y ni siquiera la estadidad. Fue la segunda epifanía puertorriqueña -la primera el ELA el 25 de julio de 1952. La americanización estaba latente en los intereses isleños a pesar de la defensa del poco auspiciado equipo olímpico, las peleas de Tito y las coronas de Miss Universo.
El 2008 abrió con una larga campaña de primarias demócratas, promesas de un nuevo plebiscito, asamblea constituyente, soberanía revivida y engañosa del PPD, un gobernador acusado bajo fianza de delitos federales, y una Nuestra Belleza Latina boricua. Por lo menos; ante tanta mala noticia, la nenita que ganó los votos desde Miami hizo algo. La rebelión borinqueña nunca pasó, el aprendizaje se enseñó a la inversa, pero la integración federal es inevitable -y eso, si Estados Unidos quiere, porque con una nueva Cuba en 20 años, los estadistas, independentistas, nacionalistas, populistas, fupistas y populares deben estar rezando. La dependencia al welfare, al dinero federal y al quitate tú pa ponerme yo se acabará en la última decisión, si Puerto Rico se atreve.
No puedo decir que es la estadidad la solución. La semillita inquieta de aquella marcha del Spanish only todavía está ahí, y las canciones de protesta que canté en mis últimos años de high school y primeros de universidad también. Quiero, con el corazón, la independencia. Pero una cosa es lo que dice el corazón y otra la conciencia. No lo voy a decir, anyways. Es hora, eso sí, es hora de que todos decidamos, aquí, allá, en Orlando, en Nueva York, en Los Ángeles, en la ONU, en San Juan, en Isabela o en Morovis dónde vamos a radicar. Yo me quedo en Gainesville hasta que termine a lo que vine. Después depende del mercado, y eso es justo lo que debe medir Puerto Rico para tomar su decisión.

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